1/31/2008

Más perdidos que el hijo de ...

Charles Lindbergh, héroe de la aviación norteamericana, llegó a Venezuela el 28 de Enero de 1928 a bordo del “Spirit of St. Louis”, el mismo avión con el que realizó el primer vuelo transatlántico sin escalas entre Nueva York y París en 1927. Como es de suponer, su llegada y estadía fueron todo un acontecimiento social en la tierra del “pelo’e guama”. Los telégrafos de la época dejaron constancia de su paso por El Arauca a las 12:30 pm de aquél esperado día. Cinco horas después, sobrevoló Caracas y a las 5:42 pm vio desde el aire La Casa Natal del Libertador y nuestra bella Plaza Bolívar. Los Teques en pleno le saludó desde sus primorosas montañas a las 5:58 pm y a las 6:10 pm aterrizó en Maracay, frente a los 4.000 pares de ojos atónitos que vieron cómo posó su avión en la engalanada pista de la Ciudad Jardín, sede del Gobierno de Venezuela.

Sin perder tiempo, ya que el intrépido piloto pasaría pocos días en nuestro suelo, el General Juan Vicente Gómez lo condecoró con la “Orden del Libertador” y fue aclamado como un héroe por todos los que se dieron cita para el magno acontecimiento. Cuenta Gonzalo Carnevalli, escritor y poeta de la “Generación del 28”, que cuando la Comitiva Presidencial le estaba dando la bienvenida, se le acercó un grupo de lindas jóvenes entre las que se encontraban dos hijas del Benemérito, para entregarle un colorido ramo de flores. Lindbergh - cortés y galante - preguntó en su escaso español: “¿Son naturales?... a lo que el Presidente, haciendo gala de su procedencia andina le espetó en tono distinguido y rimbombante, apuntando la nariz al cielo y sin levantar el dedito porque “La Sin Par de Caurimare” aún ni estaba en planes: “Sí, amigo Lindbergh, pero son reconocidas y de buena familia”.

Luego de cumplir con el riguroso protocolo (dicen que pueblerino y algo kitsch), fueron a cenar con Ministros y Embajadores en la casa de Ignacio Andrade, Ex Presidente de la República, Presidente del Estado Carabobo y mejor o “más importante” aún, consuegro del dictador. Al día siguiente, cuando Lindberg llegó en automóvil a Caracas, fue recibido por el Gobernador Rafael María Velasco, quien lo alojó en la Quinta Corao en la Avenida Urdaneta y lo invitó al que sería el primer evento social efectuado en los predios del Caracas Country Club, menú y vinos franceses mediante. De allí con “el almuerzo en la ollita” lo llevaron al Panteón Nacional luego, a un autóctono juego de béisbol en “La Yerbera” de San Agustín del Norte. Finalmente asistió a la recepción del rigor con la Sociedad Caraqueña (la de verdad, verdad) en el Salón Principal del “Club Paraíso”, el mismo lugar en donde casi 55 años después yo haría mi gran entrada triunfal del brazo de mi Abuelo Adolfo Pardo III en la noche de mi inolvidable fiesta de 15 años.

Cuento esto porque pienso que las 36 horas de Lindberg en Caracas fueron más ajetreadas que todas las que pasó entre Nueva York y París mientras realizaba su hazaña transatlántica. Pero por el otro lado, siempre me ha causado mucha “gracia” la respuesta del cuento de Lindbergh y Gómez - reseñada también por Omar Lárez y Rafael Díaz Casanova - por lo surrealista de su contenido. Parece un diálogo de un sit-com de los chimbos. Es una gris anécdota tipo “Jaimito” que traspasa la sutil frontera de la sonrisa generada por el mal chiste, a la mueca del dolor que produce el saber que buena parte del destino del país de uno ha estado en manos de hombres carentes de lo que la gente de antes llamaba “el saber ser y el saber estar”.

En nuestra historia reciente tenemos – casi a diario y en tiempo real- ejemplos patéticos de ignorancia supina que dejan lelo hasta al menos letrado. Lamentablemente para el país, no existe una fórmula que vincule al poder con el don de la Sapiencia. La sabiduría no está a la venta en “Zara” o en “Casablanca” y tampoco tiene asignados dólares preferenciales en Cadivi. Muchos no son capaces de entender que la ignorancia es como la tos:
es i-n-o-c-u-l-t-a-b-l-e. No importa cuánto se invierta en corbatas “anti-endógenas”, en tanques de guerra urbanos o en alimentos transcontinentales. Si no se sabe hacerle el nudo, si no se le abre la puerta a la dama o si no se sabe comer con cubiertos se perdieron esos reales. Ya saben el dicho de la Mona y la seda, ¿no?.

Un país no puede progresar mientras se promuevan modales rústicos y groseros hasta por Cadena Nacional de Radio y Televisión. Va más allá de ideologías trasnochadas o de modelos balurdos en plena gestación. Incluso, va más allá de la tolerancia. Los Venezolanos de bien ya estamos cansados de incoherencias, burradas y de malos modales mediáticos. Ya no queremos ser los “hazmerreir” del planeta entero gracias a que no se sepa si adelantar o atrasar el reloj. Ya no queremos dar pena ajena porque lo que se escuche en las noticias sean los insultos y los improperios con los que el “buche y pluma” que se cree el “Rey de la Televisión Venezolana” se refiere a sus colegas mundiales, mientras ejerce frente a cámara lo que hoy sé que es su “hobby pagado”: la Presidencia de nuestro país.

Lo malo de la ignorancia es que va adquiriendo confianza a medida que se prolonga, por lo que es aceptada únicamente cuando se pasa el rasero hacia abajo. El mismo Libertador lo sentenció: “Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia autodestrucción”. Uuy. Como que les dio la fórmula mágica, porque en la Venezuela Bolivariana de hoy, ésa parece ser la Mamá de todas las Misiones Gubernamentales: hacer de la ignorancia un valor aspiracional y esparcirla por los cuatro costados de nuestra tierra para que todos sean iguales hacia abajo.

Ojo pelao Venezuela. No te dejes. Y estem, disculpe lo malo Señor Lindbergh. Los Venezolanos no somos así.

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